viernes, 24 de febrero de 2012

Especies de espacios (5) Blanco y Negro. Por Albert Elduque

Especies de espacios (5)

Blanco y Negro

Por Albert Elduque (Firma invitada).
Editor de Contrapicado, nos adentra en la soledad de los no lugares del cine de Jim Jarmusch, a propósito de la película Extraños en el paraíso.

 En una de las secuencias más recordadas de El moderno Sherlock Holmes (Sherlock Jr., 1924), Buster Keaton, soñando al lado de un proyector de cine, se desdobla y entra en la pantalla: allí, tras quedarse a las puertas de una mansión, el espacio le empieza a jugar malas pasadas: la entrada se convierte en el interior de un jardín, éste a su vez se torna una transitada calle, calle que acaba transformándose en el borde de un peñasco, y así sucesivamente. Keaton resiste, trata de mantenerse en pie, afirmando su figura ante un fondo que cambia sin cesar, una serie de lugares en los que no consigue integrarse. 



 
Al inicio de Extraños en el paraíso (Stranger than Paradise, Jim Jarmusch, 1984), Eva permanece de pie en el aeropuerto, contemplando un avión en la lejanía, esperando nada en concreto, sin prisa. Su abrigo es oscuro, muy oscuro, casi como un pegote en la gradación de grises de la tierra, la pista, el avión, el cielo, casi como una figura negra superpuesta en este fondo color ceniza. Eva es húngara, una mujer llegada al paraíso, los Estados Unidos, y prefiere mil veces la rigidez de su atuendo al vestido kitsch que Willie, su primo americano, le regala más adelante. Es este abrigo el que marca su extrañeza[1] en el Nuevo Mundo, su singularidad en las primeras imágenes de la película. Y, como Keaton, aparentemente con parecida indiferencia, Eva pasará de espacio a espacio, del aeropuerto al piso de Willie, del piso de Willie a casa de tía Lotte, de ahí a Florida, en un recorrido por bloques muy propio del cine de Jarmusch, y resultado, en parte, de la producción del filme: su primer tercio se estrenó de forma independiente, uniéndosele los otros dos al llegar la financiación esperada.

Nueva York, Cleveland y Florida, tres capítulos bien delimitados, como los taxis de Noche en la Tierra (Night on Earth, 1991), como las mesas de Coffee and Cigarettes (2003). Espacios por los que circulan personajes, objetos y situaciones que se van repitiendo, enrolándonos en su mecanismo narrativo para que disfrutemos con las variaciones. Por ejemplo, tanto en Nueva York como en Cleveland se hacen solitarios, tanto en uno como en otro se habla por teléfono, tanto en uno como en otro se mira una pantalla en fuera de campo (la televisión, el cine). Y en ambas ciudades las mesas se configuran como espacios de comunicación, pues en ellas Willie y Eddie juegan a cartas, ya sea timando o siendo vencidos, y en ellas Eva habla con Willie, aunque sean diálogos para besugos, comentarios sobre la comida rápida o chistes que no se saben contar. Conversaciones que Eva echará en falta después, mucho después, cuando sus amigos la dejen tirada en el motel de Florida: una panorámica enlaza los parajes desiertos con su figura solitaria, sentada en una mesa de piedra para veraneantes; esta mesa recoge el peso de las anteriores y marca la ausencia de Willie y Eddie, pues está rodeada por tres asientos: el de Eva y los otros dos, que quedan vacíos. Probablemente sea uno de los momentos más tristes de la película.


[1] Por su poder sugestivo, tomamos aquí como referencia la traducción española del título, conscientes que una traducción fiel del original del inglés “Stranger than Paradise” debería ser “Más extraño que el paraíso”. 


El paso de las mesas privadas a este objeto colectivo es el que lleva de los apartamentos o las casas al motel, de los lugares con personalidad propia a los no lugares definidos por Marc Augé[1], carentes de identidad, relaciones e historia. Muchos de ellos sirven de escenario a las andanzas de los personajes: el restaurante de comida rápida, el aeropuerto, el interior del coche. Para Augé, se trata de aquellos lugares que son iguales en todo el mundo. Probablemente no sea casual que, al entrar en el motel de Florida, Eva diga “Esto me suena”: tal vez en otros países haya visto habitaciones idénticas. Sin embargo, por regla general en Extraños en el paraíso los no lugares no se definen por su repetición y monotonía, pues varios de ellos aparecen en contadas ocasiones; y, como hemos visto antes, las repeticiones (de gestos, de situaciones) sirven, en cierto modo, para humanizar los espacios. Pero las tesis de Augé flotan en los planos, especialmente en los movimientos de los personajes, en esa dejadez a la hora de moverse, en ese itinerario constante que configura sus filmes en un nomadismo que no tiene fin.

La soledad de los no lugares se encuentra en la imagen de Eva contemplando el aeropuerto en la abertura del filme, sin duda. De todos modos, hay en ese plano algo más. Su contraste entre blanco y negro resonará posteriormente, cuando la anciana Lotte se quede abandonada en casa, y, sobre todo, ante las aguas heladas del lago Erie, cuando las siluetas negras de Willie, Eva y Eddie se recorten ante la inmensidad blanca. Y aquí la figuración va más allá de los no lugares de Augé, pues la soledad y la abstracción no se ligan a unas condiciones históricas, sociales y económicas, sino a recorridos existenciales en los que el aislamiento se conjuga con los elementos naturales antes que con las construcciones del capitalismo avanzado. En Cleveland Eddie dice que “Vas a un sitio nuevo, y todo te parece igual”, pero su lamento no se pronuncia dentro de un supermercado, o de una estación de servicio, sino en medio del blanco de la nieve. Un blanco de borrado y pérdida surcado por unos raíles, afirmando así que, ante esta desorientación, tal vez la solución sea seguir en movimiento, continuar circulando.



[1] AUGÉ, Marc: Los «no lugares». Espacios del anonimato, Barcelona: Gedisa, 2000

 
¿Hasta cuándo? Tal vez eternamente, pues el espacio ideal, el paraíso, se antoja imposible, inalcanzable. Augé habla de un tipo de no lugares distintos a aquellos que nutren las páginas de su libro, y que se definen porque “no existen sino por las palabras que los evocan, no lugares en este sentido o más bien lugares imaginarios, utopías triviales, clisés”, donde la palabra “crea la imagen, produce el mito y al mismo tiempo lo hace funcionar”[1]. Las promesas americanas llevan a Lotte, a Willie, a Eva, tal vez a Eddie, a esperar algo que no existe, a ansiar edenes tan solo presentes en los títulos de cada episodio: “El Nuevo Mundo” en el primero, “Paraíso” en el tercero: títulos escritos sobre negro, separados de la imagen. Utopías que terminarán siendo espacios domésticos, o bien no lugares, o bien escenarios abstractos con figuras perdidas. Entre todos ellos se interponen los planos negros, esas cesuras cedidas a Jarmusch por la pareja Straub-Huillet y que marcan, en muchos casos, el tempo de la película. ¿Podrían ser esos negros los espacios deseados, el paraíso no encontrado, la utopía irrealizada? Tal vez. En cualquier caso, Eva llega al final del filme sin haberla encontrado, y, con una postura de resignación, se sienta en el sofá-cama del motel y recuesta la cabeza, como si se dispusiera a soñar. Y en el negro de los créditos finales suena, como no podía ser de otra manera, la voz potente de Screamin’ Jay Hawkins entonando el I Put a Spell on You. La melodía ya había aparecido a lo largo del filme, saliendo de un radiocasete portátil y acompañando el movimiento de Eva, haciéndola bailar, representando siempre esos Estados Unidos idealizados desde Hungría. Pero en Florida el aparato ha dejado de funcionar, se encuentra silencioso sobre la mesa de mármol donde Eva está sola, y no volverá a sonar por mucho que ella lo inspeccione. La realidad, pues, le ha fallado, así que Eva prefiere echarse a soñar.



[1] AUGÉ, Marc: op.cit. (p. 49)


No hay comentarios:

Publicar un comentario