Especies de
espacios 6
La poética de la aridez
Por Rafael Velásquez Stanbury
Es alumno de primer curso del Máster de Crítica, Análisis
cinematográfico y Teoría del cine de Estudiodecine.
Aplaudida en su tiempo pero invisible
para el espectador, Araya (Margot Benacerraf, 1958) es una obra maestra
extraviada en la historia del cine. Hipnótica, lírica y meticulosa, la cinta
nos ubica en la región venezolana de Araya y descubre ante nosotros la
simbiosis vital entre sus pobladores y la sal que los rodea.
A comienzo de los años treinta, Robert
Flaherty y John Grierson representaban los dos polos opuestos en cuanto a la
elección temática en la realización documental se refiere. El primero de ellos
había ganado prestigio con piezas como Nanook
(Nanook of the North,1921) donde
retrataba su fascinación por el exotismo de culturas ajenas a su realidad. El
segundo, con experiencia como montador de noticieros y habiendo realizado una
única película hasta la fecha Drifters (id.,
1929), recibe la oportunidad de dirigir la Empire
Marketing Board Film Unit de Gran Bretaña por su capacidad de documentar la
realidad trabajadora del hombre británico actual. Flaherty, con vocación de
etnógrafo, enfrentado a Grierson, didáctico y nacionalista.
Treinta años más tarde, durante las
proyecciones de las películas participantes del Festival de Cine de Cannes de
1959, la crítica francesa vio con deleite como dos cintas revivían esta
polaridad, ahora en el campo de la ficción. Una de los filmes era Hiroshima Mon Amour (id., 1959) de
Alain Resnais, que se presentaba superficialmente como una elaborada historia
de amantes, pero cuyo inicio poético y apocalíptico delataba su verdadera
función como un recordatorio / advertencia de la catástrofe nuclear en los
tiempos de guerra fría que corrían. Y, en la otra esquina, Araya (id, 1958) dirigida por una joven y desconocida venezolana
llamada Margot Benacerraf, que ofrecía la visión moderna de una región de su
país natal que aún vivía con hábitos ancestrales en torno a la extracción y
comercialización de la sal, al margen de los acontecimientos bélicos y
políticos que el mundo había vivido en los albores del siglo XX. Lo moderno
ante lo de arcaico.
Ambas
películas terminaron obteniendo ex aequo el
premio de la crítica de 1959, que para ese entonces entregaba el mismo festival
y que dos años más tarde conformaría el premio más importante de la recién
creada Semana de la Crítica Cinematográfica, sección paralela al Festival de
Cannes. Sin embargo, la trayectoria y futuros trabajos de Resnais le
permitieron a Hiroshima Mon Amour florecer
como una película de culto y estudio a través de los tiempos a nivel
internacional. Por otro lado, más allá de que en algunos artículos en revistas
especializadas Araya sea citada como
influencia en la obra de Glauber Rocha (pilar del Cinema Novo) y otros autores
de América del sur, lo cierto es que no corrió la misma suerte que la cinta de
Resnais: sólo pudo ser estrenada en su país veinte años después de dicho premio
y significó la última vez que Margot Benacerraf dirigiera película alguna.
En
1948 Margot Benacerraf ingresa al prestigioso Instituto de Altos Estudios
Cinematográficos de París. Con esta formación regresa a Venezuela para realizar
un film documental sobre Armando Reverón, considerado uno de los mejores
pintores venezolanos y sujeto de gran exotismo por sus hábitos de ermitaño
psicótico según los médicos de la época. Este documental llama la atención de
la Unesco, para quien comienza a trabajar en México hasta que en 1955 se
propone hacer un tríptico audiovisual sobre tres regiones venezolanas y así,
fortuitamente, descubre las montañas de sal y los hábitos de la gente de la
región de Araya.
Ante
este descubrimiento, Margot Benacerraf confiesa “sólo entonces sentirse latinoamericana”, conexión identitaria y
emocional que se hace evidente en el golpe de efecto que pretende el lirismo de
las palabras que acompañan las imágenes, a pesar de la sobriedad del trabajo de
cámara. Esta conexión no es única en Benacerraf: referentes inmediatos de Araya como Hombres de Arán (Man of Aran,
Robert Flaherty, 1926) también se nos presentan como homenajes apasionados
de lo originario, coincidentes además en la relación de amor/supervivencia
entre el hombre y el mar.
Araya pone en escena a varias familias
de distintos pueblos, representando personajes según el guión cuidadosamente
elaborado por Benacerraf, donde se muestran hábitos sociales y culturales en
una región de paisajes inhóspitos, antagónicos a los paisajes modernidad. A
través de estos personajes entendemos el engranaje funcional de Araya en torno
a su única riqueza, la sal, labor que sólo los niños y las mujeres mayores
parecen evitar, dedicando su esfuerzo a los juegos, la producción artesanal y
al tributo de sus desaparecidos.

La cinta nos ubica en un contexto histórico particular:durante la colonización de América, la sal de Araya era una riqueza celosamente protegida por la monarquía Española, codiciada por piratas y arduamente trabajada por esclavos. Más aún, la película muestra cómo aún a mediados del siglo XX los pobladores de Araya siguen siendo esclavos de la sal, no teniendo otra vía de sustento, mientras al mismo tiempo sucumben ante el miedo de intentar otras geografías, otros oficios. Para colmo de males, en un epílogo apocalíptico marcado por la irrupción de la máquina y la industrialización del negocio de la sal, intuimos que el destino de Araya sería aún más árido. Aún así, la mirada sutil de Benacerraf no es fatalista. Durante el filme, el énfasis del discurso no está puesto sobre la evidente aridez geográfica, cultural, política y social de los pobladores de Araya, sino en la humanidad que sí florece en semejante entorno. “¿Qué se dicen los amantes de Araya? Las palabras más simples, las palabras de siempre”, solemniza la voz omnipresente que acompaña el metraje, encapsulando en una frase la visión poética de los valores originarios del hombre de Araya. Como espectadores de la cinta, no podemos evitar conmovernos ante el afán primitivo de intentar ser feliz en un pueblo que no entiende de fatigas.
Al
igual que el pueblo que documenta, la película de Margot Benacerraf ha
soportado el paso del tiempo sin perder cualidades. El acierto de su lenguaje
fotográfico y la coreografía de sus movimientos de cámara llevan a buen puerto
un relato pausado y contemplativo. Hoy en día, gracias a una reciente limpieza
y restauración del material original por parte de la distribuidora Milestone Films, se ha puesto en venta
una versión en DVD rica en contraste y contenido extra de gran valor, que
ofrecen al espectador moderno una nueva oportunidad de encontrarse con esta
poco conocida obra maestra.
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